martes, 6 de octubre de 2026

Patrimonializar para resistir: a diez años de la declaratoria de los mercados públicos como Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México

Crédito Fotografía: Agustín Dany.

Eliana del Pilar González Márquez | Alba Sud 06-10-2026

Diez años después de que los mercados públicos de Ciudad de México fueran reconocidos como Patrimonio Cultural Intangible, su futuro sigue en disputa. Impulsada por los propios comerciantes para protegerlos frente al avance de las grandes cadenas, la patrimonialización ha reforzado su reconocimiento social y cultural, pero no ha evitado las desigualdades, la turistificación y las dificultades que amenazan su continuidad.

En 2016, los 329 mercados públicos de Ciudad de México fueron reconocidos como Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad. La declaratoria fue impulsada por los propios comerciantes como una estrategia para defender estos espacios frente a la expansión de las cadenas comerciales. Diez años después, el patrimonio ha permitido visibilizar su importancia social y cultural, pero no ha detenido las profundas desigualdades que atraviesan los mercados: mientras algunos se convierten en espacios gourmet orientados al turismo y a consumidores de mayores ingresos, otros sobreviven entre la inflación, el deterioro de sus instalaciones y la pérdida de poder adquisitivo de sus clientes.

Los mercados públicos de Ciudad de México son mucho más que lugares donde se compran y venden alimentos. Son espacios donde se cruzan trabajo, relaciones familiares, memoria, alimentación, identidad barrial y formas cotidianas de socialización. En sus pasillos se reproducen conocimientos y prácticas que difícilmente pueden reducirse a la lógica económica del intercambio: el regateo, las relaciones de confianza entre comerciantes y clientes, las devociones, los vínculos de compadrazgo y paisanaje, así como las formas tradicionales de preparar y consumir alimentos.

Su historia, está vinculada a un proyecto de modernización urbana. Entre las décadas de 1940 y 1960, el Estado posrevolucionario impulsó una política de ordenamiento, higienización y regulación del comercio popular. Durante el gobierno de Ernesto P. Uruchurtu, entre 1952 y 1966, miles de comerciantes que trabajaban en la vía pública fueron trasladados a mercados cerrados. La intención era ordenar una actividad considerada informal y hacerla administrativamente gobernable. El Reglamento de Mercados de 1951 formó parte de este proceso.

De aquella política surgió buena parte de la infraestructura que hoy reconocemos como Mercados Públicos. Pero los edificios terminaron adquiriendo una vida propia. Las familias comerciantes construyeron allí trayectorias laborales intergeneracionales, relaciones de vecindad y formas de pertenencia.

Actualmente, la red está integrada por 340 mercados distribuidos en las 16 alcaldías de la ciudad, con 72 mil locales que generan 280 mil empleos (Tovar-Sosa, 2025). Su permanencia, sin embargo, está atravesada por tensiones cada vez mayores. El abandono o deterioro de algunas instalaciones, la transformación de los patrones de consumo y la expansión de supermercados y tiendas de conveniencia han colocado a los pequeños comerciantes en una situación de competencia desigual.

Patrimonializar para defenderse

La declaratoria de 2016 debe entenderse dentro de este contexto. No fue simplemente el resultado de una política cultural destinada a reconocer una tradición urbana. Fue también una respuesta política de los comerciantes ante una situación de desprotección.

Un antecedente fundamental fue la invalidación de la denominada Norma 29, que buscaba regular la instalación de tiendas de autoservicio y proteger al comercio tradicional (González-Márquez, 2017). Frente al avance de las grandes cadenas comerciales, los locatarios buscaron entonces otras vías para defender la permanencia de sus mercados. La patrimonialización de sus prácticas y formas de vida emergió como una de estas estrategias de reconocimiento y protección. La magnitud de esta disputa se hace más evidente al considerar que, por cada mercado público de la ciudad, existen alrededor de once supermercados (Giglia, 2018), lo que da cuenta de la fuerte presencia del comercio moderno frente a estos espacios tradicionales de abasto.

El proceso de patrimonialización comenzó a articularse en 2014 y culminó con la publicación, el 16 de agosto de 2016, de la Declaratoria de Patrimonio Cultural Intangible de las manifestaciones tradicionales que se reproducen en los 329 mercados públicos de la ciudad. Los comerciantes no fueron únicamente receptores de una política patrimonial, sino actores activos en su construcción. Fueron ellos quienes recurrieron al lenguaje del patrimonio para reclamar reconocimiento y protección para los mercados y sus prácticas cotidianas. De hecho, en 2014 propusieron a la Secretaría de Desarrollo Económico (SEDECO) y a la Secretaría de Cultura explorar la posibilidad de otorgar a los mercados públicos un reconocimiento similar al que, en distintos pueblos del país, se había promovido a través del programa Pueblos Mágicos.

Después de meses de trabajo, documentación y preparación de la solicitud a la Secretaría de Cultura, el decreto reconoció que los mercados sostienen una estructura comercial de larga tradición y constituyen una infraestructura fundamental tanto para el abasto como para la reproducción de prácticas culturales y alimentarias. De este modo, el patrimonio no quedó circunscrito al edificio, sino que incorporó aquello que los propios comerciantes habían buscado visibilizar: las prácticas, los saberes, las relaciones y las formas de intercambio que cotidianamente dan vida a estos espacios. Ahí reside una de las principales aportaciones de la declaratoria de patrimonio: desplazar la mirada del mercado entendido como simple contenedor arquitectónico hacia el mercado como espacio vivido.

¿Qué puede hacer el patrimonio?

La declaratoria permitió otorgar legitimidad pública a los mercados y reforzar el discurso de los comerciantes sobre su importancia histórica y comunitaria. Sin embargo, no modificó las condiciones estructurales de competencia frente a las grandes corporaciones comerciales. En otras palabras, reconocer a los mercados públicos como patrimonio no impide que un supermercado se instale en sus inmediaciones, que cambien los hábitos de consumo, que aumenten los costos de operación o que disminuya el poder adquisitivo de quienes históricamente han comprado en ellos. No obstante, al proteger la memoria y las tradiciones culturales que allí se reproducen, el reconocimiento patrimonial implica, al menos en principio, la necesidad de preservar y generar las condiciones materiales que hacen posible su continuidad. Esta tensión constituye un elemento central para comprender el balance de estos diez años.

El problema del alcance de la declaratoria se vuelve aún más evidente cuando observamos las transformaciones diferenciadas que experimentan los mercados dentro de la ciudad. No existe un único mercado público ni una única experiencia de patrimonialización. En determinadas zonas céntricas, algunos mercados han comenzado a adquirir una nueva centralidad asociada con el turismo, la gastronomía y el consumo de sectores de mayores ingresos. Mercados como San Juan, Medellín, Escandón o San Ángel experimentan procesos de transformación comercial en los que aparecen productos gourmet, orgánicos, importados y propuestas gastronómicas dirigidas a turistas, residentes extranjeros y consumidores con mayor capacidad adquisitiva. 

Lo que antes constituía, ante todo, un espacio cotidiano de abasto y de encuentro para quienes habitaban los barrios donde se localizan estos mercados, se ha ido transformando en algunos casos al ritmo de los procesos de revalorización, turistificación y gentrificación que atraviesan sus entornos urbanos. Los pasillos, los productos y las prácticas tradicionales comienzan así a adquirir nuevos significados y a integrarse en circuitos de consumo orientados también hacia visitantes y nuevos residentes. No se trata de un proceso derivado directamente de la declaratoria patrimonial, sino de transformaciones urbanas más amplias que inciden sobre los mercados y sobre las relaciones sociales que históricamente les han dado sentido.

En este contexto, la patrimonialización puede operar de manera ambivalente: al tiempo que reconoce y visibiliza prácticas y formas de vida locales, puede coincidir con procesos de revalorización del entorno que terminan modificando los usos del mercado, sus públicos y las condiciones de permanencia de quienes tradicionalmente lo han habitado.

Dos ciudades dentro de los mercados

La situación es muy diferente en numerosos mercados periféricos y populares. En alcaldías como Iztapalapa o Gustavo A. Madero, el principal problema no es atraer turistas, sino mantener el abasto cotidiano de las familias. Allí, la inflación, el encarecimiento de los alimentos y la pérdida de poder adquisitivo condicionan las relaciones comerciales. El regateo y el fiado continúan siendo una práctica fundamental y los comerciantes intentan contener los precios de productos básicos para conservar a su clientela.

Mientras determinados mercados pueden beneficiarse del turismo gastronómico, otros enfrentan una pregunta mucho más elemental: ¿cómo mantener abierto un negocio cuando los clientes tienen cada vez menos dinero para comprar?

La patrimonialización, por tanto, se inserta en una ciudad profundamente desigual. Esta diferencia obliga a cuestionar cualquier idea homogénea sobre los 340 mercados. No todos disponen de las mismas condiciones de localización, infraestructura, clientela o capacidad de atraer nuevas inversiones. El patrimonio puede ser un recurso para unos y una categoría demasiado abstracta para otros, al mismo tiempo que todos se pueden ver beneficiados de las políticas de protección del patrimonio. 

Iniciativas de revitalización

En 2019, una de las apuestas culturales más llamativas para incentivar la visita a los mercados fue el programa “Noches de Mercado”, inspirado en “Noches de Museos”. La iniciativa buscó ampliar los horarios de funcionamiento y combinar la actividad comercial con talleres, degustaciones y actividades culturales, con el propósito de atraer nuevos públicos y revitalizar los mercados como espacios de encuentro.

Sin embargo, el programa tuvo una duración breve y su impacto se concentró en un número reducido de mercados. Como señala Claudia, comerciante del Mercado Peña Manterola Cartagena y miembro de la Comisión de Patrimonio Cultural Intangible de los Mercados Públicos de la Ciudad de México, su continuidad requería un esfuerzo conjunto entre autoridades y locatarios, algo que, en la práctica, resultaba difícil de sostener: “eso es muy complicado”, sentenciaba. A ello se sumaba que la ampliación de los horarios implicaba prolongar la jornada laboral de los comerciantes sin que necesariamente se tradujera en beneficios o resultados significativos para ellos.

En el periodo posterior, la política nocturna se desplazó hacia una lógica diferente, centrada en la vigilancia y fiscalización de establecimientos que incumplían las regulaciones sobre venta de alcohol. El contraste entre ambas estrategias muestra una tensión persistente: el mercado puede ser concebido como espacio cultural que debe ser animado, o como espacio comercial que debe ser controlado.

El patrimonio que se construye desde abajo

Frente a estas limitaciones, algunas iniciativas impulsadas por los propios comerciantes permiten imaginar otra forma de entender la salvaguardia patrimonial, permitir que quienes lo habitan narren su propia historia. El proyecto de Memoria Histórica Audiovisual del Mercado Becerra, en Tacubaya, constituye un ejemplo significativo. Su punto de partida no es convertir el mercado en atractivo turístico, sino documentar y preservar su propia historia. Este ha sido el trabajo impulsado por el colectivo de “Teatro La Banda” quienes lograron un financiamiento de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México a través del Programa de apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMyC).

La iniciativa recupera las historias de las familias fundadoras, los oficios y las trayectorias laborales; pone en valor el edificio, diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez; y registra las relaciones de confianza y convivencia construidas durante décadas entre comerciantes, vecinos y clientes. 

Conclusión

El reconocimiento de 2016 tuvo un origen particular: fue una iniciativa impulsada por los propios comerciantes para defender sus espacios frente a un modelo comercial cada vez más dominado por las grandes cadenas de autoservicio. Patrimonializar los mercados fue una forma de hacer visible aquello que estaba en riesgo: no solo unos edificios, sino relaciones de trabajo, formas de intercambio, conocimientos, memorias y vínculos comunitarios construidos durante décadas.

La declaratoria también permitió desplazar la mirada del mercado como infraestructura hacia el mercado como espacio vivido. Entre 2019 y 2024 se destinaron más de 1.075 millones de pesos a obras de infraestructura en 220 mercados, una inversión importante para atender problemas de seguridad, instalaciones eléctricas e hidrosanitarias, techumbres y captación de agua. Una inversión necesaria para garantizar condiciones dignas en los espacios, pero insuficiente para atender la complejidad de los problemas que atraviesan estos mercados.

La revitalización, por tanto, no puede reducirse a la renovación física de los inmuebles. Requiere también fortalecer las condiciones económicas, sociales y culturales que permiten su funcionamiento cotidiano: continuar con la digitalización de los sistemas de pago, ampliar las capacitaciones para los comerciantes, facilitar el acceso a nuevas herramientas de gestión y comercialización, y desarrollar estrategias de difusión cultural que reconozcan y visibilicen los saberes, prácticas y formas de vida que se reproducen en estos espacios. Pero, sobre todo, requiere reconocer que no todos los mercados enfrentan los mismos problemas ni tienen las mismas posibilidades de responder a las transformaciones de la ciudad.

Esto resulta especialmente evidente cuando se observa la diversidad de situaciones que atraviesan los 340 mercados públicos. En algunas zonas de la ciudad, determinados mercados han adquirido una nueva centralidad vinculada con la gastronomía, el turismo y el consumo de sectores de mayores ingresos. En estos casos, la patrimonialización puede convivir con procesos urbanos que transforman aquello mismo que busca reconocer. Lo que está en juego no es únicamente la conservación de determinadas prácticas, sino quién puede seguir participando en ellas, quién puede trabajar en esos espacios y quién puede acceder a los bienes y servicios que ofrecen.

En otros mercados, particularmente en zonas populares y periféricas, la preocupación es distinta. Allí el desafío cotidiano sigue siendo garantizar el abasto de las familias, mantener los negocios abiertos y conservar una clientela cuyo poder adquisitivo se ha reducido. La existencia de estas experiencias tan diferentes obliga a abandonar cualquier visión homogénea de los mercados públicos y a reconocer que el patrimonio se vive de manera desigual en la ciudad.

Esta diversidad también muestra que no existe una única manera de revitalizar un mercado. Las políticas públicas necesitan partir de las condiciones concretas de cada espacio y atender tanto sus necesidades materiales como las dinámicas sociales y económicas que hacen posible su permanencia. No se trata de elegir entre conservar el mercado tal como fue o transformarlo para adaptarlo a las nuevas demandas urbanas, sino de acompañar sus procesos de cambio sin perder de vista a quienes históricamente han sostenido estos espacios.

Por ello, el reto de los próximos años no debería consistir en convertir a los mercados en atractivos turísticos ni tampoco en congelarlos en una imagen idealizada del pasado, sino en garantizar las condiciones sociales, laborales, económicas y urbanas que permitan que ese patrimonio siga vivo. Los mercados siempre han cambiado. Pueden incorporar nuevas tecnologías, formas de pago, estrategias de comercialización o actividades culturales sin dejar de ser mercados. La cuestión fundamental es quién participa en esas transformaciones, en qué condiciones y quién se beneficia de ellas.

En este sentido, las iniciativas construidas desde los propios comerciantes, como recuperar la memoria de las familias, registrar los oficios, documentar las trayectorias laborales o reconstruir las relaciones entre comerciantes, vecinos y clientes, permiten pensar la salvaguardia patrimonial no como una operación orientada a producir nuevos consumidores, sino como una herramienta para fortalecer a quienes mantienen vivos estos espacios. 

El patrimonio adquiere sentido no porque convierta al mercado en una pieza atractiva de la ciudad, sino porque reconoce y fortalece las relaciones sociales, los saberes y las prácticas que lo sostienen. Salvaguardar los mercados públicos implica, en última instancia, garantizar las condiciones para que quienes los habitan y trabajan en ellos puedan seguir transformándolos y dándoles vida.

Referencias:

Giglia, A. (2018). Comercio, consumo y cultura en los mercados públicos de la Ciudad de México. UAM. 

González Márquez, E. del P. (2017). Organización de comerciantes de mercados públicos en la Ciudad de México ante la invalidación de la Norma 29 [Tesina de licenciatura, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, México] 

Pensado, M. del R. (Coord.). (2016). Patrimonio cultural inmaterial de los mercados públicos en la Ciudad de México: Manifestaciones culturales que se reproducen en los mercados públicos de la Ciudad de México. Altres Costa-Amic Editores.

Tovar Sosa, J. (2025, 20 de febrero). Cuántos mercados públicos existen en CDMX y cuál es el más grande después de la Central de Abasto. Infobae. Infobae. 

Este artículo se publica en el marco del proyecto “Pot ser el turisme una eina per a la justícia social i la defensa dels drets humans?” ejecutado por Alba Sud con el apoyo del Ajuntament de Barcelona (convocatoria 2025).

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